En mi libro El concepto de lo civil (en especial capítulos 6 a 13) se expone cómo una argumentación procedente de Hobbes y una procedente de Kant confluyen en una misma noción de derecho. Hay por allí algo a lo que se llama "el que haya en general un derecho", "el que haya en general un sistema jurídico", "el que haya en general lo jurídico", "la posibilidad misma de lo jurídico", "la forma derecho", "lo que es inherente a que haya en general derecho", etcetera. El paso a este tipo de consideraciones no es un paso a lo "ético" o "moral", ya que: (a) sigue tratándose del enjuiciamiento de conductas materialmente constatables, no de "máximas", y (b) sigue apelándose a normas expresamente promulgadas, sólo que ahora a cualesquiera posibles; esto último libera hasta cierto punto de la dependencia con respecto a la cuestión de qué normas eran aplicables en el momento de autos, pues considera elementos que son inherentes a que haya en general normas aplicables, sean éstas las que fueren (así: siendo x una conducta materialmente observable, si es imposible formular consistentemente un aparato normativo en el que x no sea delito, entonces x es delito con independencia de cuál sea la norma aplicable en el caso x). En consecuencia, a aquellos juristas que son más sensibles que otros a este tipo de consideraciones, no debe atribuírseles una tendencia a pasarse a lo "ético"; simplemente son mejores juristas, incluso en el sentido de que son más pragmáticos, pues lo que está en juego en esas consideraciones (como se desprende de los capítulos citados de mi citado libro) son las presuposiciones generales del "tiempo de paz".
Aclaración a pp. 62-63 de mi libro Muestras de Platón.- El adjetivo griego enharmónios, -on, significa aquello que está en armonía o es concordante o ajusta lo uno con lo otro; por lo tanto, tò enharmónion puede ser sinónimo del substantivo harmonía. El adjetivo se mantendrá en uso (con la adopción del sufijo -ko- al pasar por el latín), pero es fácil ver que el significado ha cambiado por completo; hoy significa la relación entre notas de distinto nombre pero que según la "temperierte Stimmung" tienen que ser materialmente la misma. Este cambio de significado es posible porque ya en origen lo que se llama harmonía o tò enharmónion comporta notas diferentes cuya diferencia, desde época algo posterior, se percibe difícilmente. Es así porque las harmoníai de época clásica relativamente temprana se construyen sobre la base de un tetracordio en el que tres de las cuatro notas están, en efecto, muy próximas entre sí, mientras que la cuarta está más distante; el tetracordio cubre un intervalo 3/4, y cada harmonía, cuando el intervalo que ella abarca es de una octava (1/2), se constituye mediante dos tetracordios dejando en medio o antes o después 8/9. Esto es tò enharmónion o simplemente la harmonía, y es lo que debemos suponer como base del aspecto melódico de, por ejemplo, una oda de Píndaro o una tragedia de Esquilo o de Sófocles, en general incluso de Eurípides. De este tetracordio, es decir, de tò enharmónion, son variantes (y por el orden en que las vamos a mencionar) ciertos espaciamientos introducidos en la zona densa para hacerla menos densa; así surge lo "cromático" (donde khrôma significa "matización", a saber, de tò enharmónion, que sigue siendo el punto de partida) y en último lugar lo diatónico. / De paso: en la línea 8 por abajo de la página 62, la expresión abreviada "fracción exacta" quiere decir "enésima parte exacta siendo n un número natural" (como claramente se desprende de la exposición allí efectuada desde varias páginas antes).
Hay, en lo que se refiere al empleo de los conceptos “signo”, “significar”, “significante”, “significado”, en particular a propósito del signo lingüístico, un vuelco en el momento en que ya no se presupone un sentido “natural” de “significar” (buscándose a continuación por qué o bajo qué condiciones ocurre lo que por tal cosa se entendería), sino que pasa a ser lo central el hecho mismo de que haya dos lados, de manera que en cada uno de ellos un cambio es cambio si y sólo si comporta un cambio en el otro, lo cual quiere decir que es esta misma virtud de conllevar un cambio en el otro lado lo que define el que en el lado de partida haya dos entidades distintas la una de la otra. Nótese bien cómo este concepto, incluso más allá de que históricamente sea o no un vuelco, lo es en su mismo contenido, pues comporta que de alguna manera un lado por su parte y el otro por la suya funcionan en esta operación como “continuos” en los que se puede en principio introducir tanto unos cortes como otros, y que sólo la dualidad misma de lados, y la implicación de lo que ocurra en el uno por lo que ocurra en el otro, delimita entidades (esto es: selecciona cortes) en el uno y en el otro. Significa, pues, que sólo por una ruptura con la realidad inmediata de cada lado, ruptura posibilitada por el hecho de que haya otro lado, hay incluso dentro de cada lado entidades, o, si se quiere decirlo así, que sólo por una ruptura con la realidad hay realidad. Asumir una palabra distinta de “realidad” o de “entidad” para referirnos a lo que, sin embargo, pasa a ser la realidad o entidad en sentido preeminente (la palabra es entonces “estructura”) tiene, por de pronto, la ventaja de obligarnos a dar cauce a la no fácil coordinación de este uso de la palabra con otro que, sin embargo, quizá expresa la misma ruptura y que incluso surge en un momento histórico sensiblemente coincidente. En efecto, si en un conjunto, A, se ha definido una relación, R, y en otro, B, a su vez una relación, S, el qué sean “realmente” los elementos del uno y el otro conjuntos y el qué contenido “real” tengan una y otra relaciones son cosas de las que se prescinde por completo a la hora de reconocer si cabe o no establecer una correspondencia biunívoca (de cuyo “contenido” “real” se prescinde igualmente) tal que la relación R se da entre elementos del conjunto A si y sólo si la relación S se da entre sus correspondientes en el conjunto B; así, pues, esos conjuntos no tienen nada en común y, sin embargo, resulta imposible no atribuirles algo en común, algo que designamos como una cierta “estructura” (nótese que la definición no excluye que los conjuntos isomorfos puedan ser (todos o varios de ellos) materialmente uno mismo, el cual actúa como varios si los bloques de relaciones a cuenta de los cuales se establece el isomorfismo son distintos). También en esta definición de estructura se expresa la ruptura con lo “real”, y, sin embargo, el papel de los conjuntos A y B no puede en manera alguna ser asumido por lo que llamábamos el significante y el significado, pues en la relación entre A y B los papeles de A y B son intercambiables y además el isomorfismo es extendible a un C, un D, etcétera, a un número cualquiera de conjuntos, mientras que el significante y el significado son precisamente dos lados y sus papeles no son intercambiables. Empecemos por esto último; el carácter de significante es constituido por la indicada ruptura, produciéndose ésta a partir de una cierta dimensión o ámbito de realidad (por ejemplo: los posibles sonidos de la voz humana), mientras que posible significado es por principio cualquier cosa (mediante, claro está, la ruptura a la que sirve la dualidad de lados); así, pues, el conjunto A, el conjunto B, etcétera, presentan en este caso el problema adicional (no pequeño) de que son cada uno de ellos todo (digamos: el conjunto de todo lo mencionable), ocurriendo además que las relaciones se definen mediante la segregación de una dimensión (por ejemplo: los sonidos de la voz humana); así entendido, cada conjunto-en-el-que-se-definen-relaciones (y todos son materialmente el mismo, aunque entrando en diferentes procesos de definición de relaciones) es un “habla”, y conjuntos isomorfos en lo que se refiere a todas las relaciones definidas de esa manera son “hablas de la misma lengua”. / Es irrelevante el que un lingüista se considere o no “estructuralista”, pues, en cualquier caso, sin la ruptura estructural o reducción estructural no pueden reconocerse entidades, ya que las variantes materiales, físicas, “reales” en sentido trivial, son por definición infinitas, que es lo mismo que el que no sean ninguna. / Un equívoco frecuente acerca de la reducción estructural es el del supuesto carácter “positivista” de la misma. Sería tal si la repercusión en el otro lado hubiese de consistir en que efectivamente se encontrase una secuencia que, difiriendo de la dada sólo en el punto y rasgo del que se trata, comportase diferencia también en el otro lado; pero la cuestión no es si hay eso, sino si podría haberlo (puede discutirse, desde luego, cómo se desarrolla esa cuestión en el caso de una lengua de corpus), del mismo modo que no hay cuestión en si de hecho se encuentra alguna vez en castellano una secuencia fonémica /tln/, sino en si podría haber en castellano una secuencia tal (secuencia fonémica, es decir: de modo que, si pudiese haberla, esto es, si la hubiese, quedaría en pie, como cuestión de habla, no de lengua, la de cómo sería la realización fonética de esa secuencia fonémica). Así, pues, la reducción o ruptura tiene el carácter que a lo largo del siglo XX se ha designado como “eidético”, y no es positivista, sino fenomenológica. / La última ilustración que hemos empleado (“no podría ser” en vez de “no se ha encontrado que sea”) se presta, sin embargo, a un malentendido, pues podría alguien pensar que la diferencia está en que se trate de (im)posibilidad (por lo tanto de un universal dentro de cierto ámbito, en el caso cierta lengua, el castellano). Sin embargo, esa diferencia, que ciertamente hay, es sólo una consecuencia de lo también ya indicado de que las entidades lingüísticas (en nuestra ilustración los fonemas) no son entidades materiales o físicas o reales. Por eso la exclusión de la secuencia fonémica arriba citada no tiene nada que ver con que algo (¿qué?) fuese “impronunciable” o cosa parecida; la cuestión de “cómo se pronuncia” no viene en modo alguno resuelta por las definiciones fonémicas de los fonemas; éstos no son en manera alguna paquetes de instrucciones sobre “cómo pronunciar”; es el habla, no la lengua, lo que contiene tales instrucciones y determinaciones, las cuales no se siguen de la lengua misma (a lo sumo puede seguirse algo sobre la realización de algunos fonemas una vez conocida la de algunos otros). No hay límites materiales para la diferencia material o de contenido entre realizaciones de la misma estructura; sólo tiene que haber, de conjunto a conjunto, un determinado isomorfismo, y ya sabemos que el isomorfismo no exige grado alguno de proximidad de características físicas. Todo lo que hasta aquí hemos dicho empleando ilustraciones del lado del significante puede decirse también (y en parte se ha dicho) con ilustraciones pertenecientes al lado del significado. Hay otro aspecto de lo dicho en el que (para ambos lados) tenemos que prever el peligro de que una quizá consecuencia en un orden trivial (como lo que veíamos a propósito de “no se encuentra de hecho” o “no podría ser”) pudiera interpretarse como la verdadera cuestión; me refiero a la afirmación (hecha de pasada en el curso de la ilustración a la que acabamos de aludir) de que determinada secuencia no puede darse “en castellano” (por cierto: una secuencia de fonemas-del-castellano precisamente). En lo hasta aquí dicho no se ha establecido nada acerca de hasta qué punto lengua es siempre una lengua particular determinada o si hay principios que operan para “todas las lenguas”; esa cuestión ni siquiera se ha planteado. Lo que sí hay, ya ahora mismo, es que la ruptura o reducción de la que hemos hablado impide entender cosa alguna de las que hemos dicho como modo o atributo de substancia alguna, cual “la mente humana” o “el cerebro humano” o “el hombre” o “la naturaleza humana”. / Lo que de las consideraciones anteriores (y de lo por ellas aludido) se sigue acerca de la naturaleza y pretensiones del estudio lingüístico parece, por una parte, estar en cierta proximidad con desiderata que han venido motivando el desarrollo de la lingüística vinculado a la trayectoria de Chomsky, desarrollo en el que, en efecto, se piensa que el estudio lingüístico busca reconocer un sistema computacional que, mediante una escisión situada en algún punto de su propio computar, generaría en cada una de sus operaciones enteras una doble forma sometida por sus dos lados a la condición de tener una realización o lectura o interpretación exhaustiva en términos de, para cada uno de los lados, respectivamente uno y otro de dos sistemas cognitivos distintos ambos de la “facultad” lingüística misma, facultad que, ella en sí misma, sería lo propiamente estudiado en el estudio lingüístico. Los dos sistemas por así decir externos serían por un lado el de lo articulatorio-y-perceptivo o senso-motor, por el otro lado el de lo conceptual-intencional; no hace falta que digamos que la manera de designar esos dos sistemas adelanta un problema en relación con lo que aquí hemos dicho, pues la hipóstasis mental-cerebral parece estar en efecto allí donde habíamos dicho que no debía haber hipóstasis alguna; cierto que el problema no está en el empleo de determinadas palabras en las explicaciones generales, sino en la repercusión que lo quizá revelado en ese empleo tenga sobre los modos de proceder en concreto, y que esto último es una cuestión no resuelta; en todo caso, la crítica en razón del “mentalismo” no es externa, sino que tiene que ver con la estructura de la teoría misma, puesto que en ella “la mente humana” o “el cerebro humano” no se presenta como meramente la sede de al menos uno de los sistemas cognitivos “externos” implicados en la teoría lingüística, sino también como la sede del sistema computacional mismo. Esta pertenencia de lo uno y lo otro al mismo sentido de “realidad” hace muy difícil el que la relación entre cada uno de los dos lados de la doble forma (esto es: cada una de las dos formas emparejadas por su misma génesis computacional) y su interpretación en términos del sistema cognitivo “externo” correspondiente pueda considerarse como lo que, sin embargo, desde una perspectiva estructuralista es sugerido por la palabra “interpretación”, a saber: que de una estructura se dé una realización. / La cuestión que queda abierta acerca de cómo tomar en su conjunto la marcha teórica de Chomsky afecta también y de manera muy central a cómo debe tomarse la noción “gramática universal”. Si encontramos una manera de que el sistema computacional sea la definición de la estructura, que el par de formas resultante en cada génesis sea el par de secuencias estructurales resultantes y que el resultado en términos de los correspondientes sistemas cognitivos externos sea la realización de la estructura, esto es, el habla, entonces la pretensión de una gramática universal se sigue del principio minimalista (el cual es en efecto un principio fenomenológico) y no necesita de tesis alguna acerca de “la naturaleza humana” etcétera. Contiene ciertamente (afortunadamente) la paradoja general de lo lingüístico, la cual tiene que ver con la remisión a sistemas externos; esa paradoja (de la que algo me he ocupado en varios de mis libros posteriores a 1999, si no recuerdo mal) no se “resuelve”; la cuestión es la de cuál es la manera adecuada de habitar en ella.
[Escribiré ahora sobre las Soledades de Góngora. Emplearé la cursiva para la reproducción de palabras o secuencias de ellas tal como se encuentran en el poema. La referencias a éste se hacen mediante D (para la dedicatoria), I (para la Soledad primera) y II (para la Soledad segunda) seguidos de punto y el número de verso. Dado que / significa límite entre versos, emplearé // para el final de párrafo mío].// D.1 dice Pasos de un peregrino son errante/. Gramaticalmente, falta aún el sujeto, y son es el verbo (“copulativo”). Difícilmente podría hacerse una “prosificación” del texto sin constituir un miembro de oración “pasos de un peregrino errante”. En vista de ello es habitual considerar el “traslado” de errante a después de son como una alteración del orden “normal” de las palabras, la cual constituiría un rasgo específicamente poético; lo más importante de esta manera de ver las cosas es que ella incluye la autorización para analizar lingüísticamente el texto como si en efecto dijese “pasos de un peregrino errante son” o “son pasos de un peregrino errante”, puesto que se asume que lo estrictamente lingüístico del texto es eso y que la modificación (“hipérbaton”) es un rasgo de otro tipo. Ahora bien, esto es más un postulado que una constatación, pues la lengua como tal, en este caso el castellano, permite que, al poner errante después de son, se esté dando a errante un estatuto sintáctico diferente, a saber: el de un miembro de oración por sí mismo, que está fuera del a su vez miembro de oración pasos de un peregrino y que sólo por la oración misma queda referido (por lo tanto referido no como adjetivo a núcleo dentro de un miembro de oración, sino predicativamente) a peregrino. La incitación a esta última manera de entender el orden de las palabras se refuerza en cuanto buscamos y analizamos el hasta ahora omitido sujeto de la oración copulativa, el cual ocupa D.2: /cuantos me dictó versos dulce musa/. Encontramos aquí, en efecto, un nuevo ejemplo (quizá incluso más claro) de lo que ya a propósito de D.1 dijimos acerca del hipérbaton. También aquí es difícil evitar que cualquier prosificación diga “cuantos versos me dictó dulce musa” o “cuantos versos dulce musa me dictó”, y, sin embargo, también es sintácticamente aceptable que cuantos, en función de substantivo, sea el objeto directo de dictó, siendo entonces versos un predicativo referido a ese objeto directo. // Cabe, pues, intentar en todo caso una manera de leer los presuntos hipérbatos que en rigor les quita su condición de tales, puesto que los integra en la secuencia estrictamente lingüística, al reconocer que no hay la secuencia “normal” y su “alteración” por el hipérbaton, sino dos secuencias que dicen cosas distintas la una de la otra, una de ellas quizá con marca poética, pero no por ser “alteración” alguna, sino por sí misma. Más exactamente: el desiderátum de lectura al que acabamos de referirnos no tiene por qué ser tal sólo para los hipérbatos; puede, por el contrario, extenderse a cualesquiera “apartamientos” “poéticos” con respecto al decir “normal”.// A efectos de completar en la medida que aquí importa la referencia textual hecha, pasemos ahora a D.3, /en soledad confusa/. En principio puede (la puntuación es insegura) ser adjunto de me dictó versos o serlo de lo que vendrá a continuación como D.4, /perdidos unos, otros inspirados/, y, si es lo segundo, puede ser que sea adjunto sólo de perdidos unos o que lo sea de todo ello. La dualidad de unos y otros tiene sin duda que ver con que eso de lo que se está hablando son por una parte pasos, por otra versos, pero esto no es una partición, pues acaba de decírsenos que los pasos de los que aquí se trata son los versos y que los versos son los pasos; los mismos, pues, son, en cuanto pasos, perdidos por lo mismo por lo que son, en cuanto versos, inspirados; por eso los pasos son los de precisamente un peregrino, el cual es errante; y por eso no es imposible que D.3 pertenezca sintácticamente a la vez a lo que hay en D.2 y a lo que hay en D.4, y entonces es irrelevante si, dentro de la pertenencia a esto segundo, se establece como estrictamente sintáctica sólo la referencia a perdidos o tanto a eso como a inspirados, pues en cualquier caso una referencia implica la otra. A favor de esto hay otros dos argumentos: primero, la posición métrica de D.3, único heptasílabo dentro de una cadena larga de endecasílabos, lo cual lo hace sonar como aislado y a la vez marcado; y, segundo, el que soledad confusa difícilmente podría referirse a algo que no fuese el fondo mismo de la cuestión, tanto por el papel que están desempeñando peregrino y errante como por el hecho mismo de que soledad es lo que da título al poema.// Se adelantó arriba que el modo introducido de considerar ciertos hipérbatos quizá pudiera extenderse a otras peculiaridades “poéticas” del modo de decir. Trataremos ahora de ilustrar este punto de vista.// Debido a que las categorías de nuestra gramática tienen su origen en las fórmulas introducidas por el Helenismo con el propósito de mantener vivo el vínculo lingüístico con el griego que por esa pretensión queda adjetivado como “clásico” (y ya sabemos que no es posible que el expreso cultivo deje lo cultivado tal como ello mismo era), y a que dentro del mismo o próximo ámbito de tareas tiene lugar también la digamos clasicización del latín, ocurren en la autointerpretación de nuestro decir cosas de las cuales el detalle que ahora mencionaremos no es de los más importantes, pero es uno. Ocurre, a saber, que incluso tratándose de castellano consideramos que un pronombre relativo tiene un antecedente y a la vez desempeña dentro de su propia oración un papel oracional determinado; en consecuencia, cuando, hablándose castellano, se da el caso de que el relativo funciona de hecho como mero insertor, el cual no desempeña papel determinado alguno dentro de la oración que él introduce, y la referencia a lo que sería el antecedente requiere un fórico dentro de la oración así introducida, aunque esto sea frecuente en castellano, interpretamos que se trata de habla poco cuidada. Pues bien, en la poesía más “culta” de Góngora se encuentra abundantemente tal construcción, y ello en condiciones tales que nadie podría interpretar que el habla sea descuidada, no sólo porque se trata de poema culto, sino porque es evidente en cada caso el nivel de sofisticación que la construcción representa; así, en D.7-8, I.141-142, etcétera; especial mención merece, dentro de esta misma construcción, el subtipo (muy frecuente) en el que el fórico es un posesivo, como en I.110-111, I.807-808, I.914-916, etcétera.// Que la construcción que acabamos de citar, relativo como mero insertor e intervención de un fórico, sea la normal del relativo en lenguas semitas histórico-culturalmente relacionables, se recuerda aquí no para hacer pensar en una u otra influencia, sino porque la sospecha de operación (por influencia o sin ella) de un patrón que no es el clásicamente helenístico-romano se refuerza por la presencia, también en las Soledades, de un tipo de oración también característico del área lingüística aludida y que también comporta un fórico como constitutivo de nexo oracional (en este caso lo será del propio nexo sujeto-predicado): un nombre o grupo nominal va delante como sujeto y lo que a continuación viene con función de predicado es a su vez una oración en la que un fórico en la función que corresponda remite al sujeto (antepuesto) de la oración superior. Como es sabido, la gramática clásica de los propios árabes empleó este concepto constructivo para considerar como oración nominal (esto es: sin verbo de la oración misma en cuestión) toda oración en la que el sujeto (nombre o grupo nominal) vaya en cabeza, entendiéndose entonces que, si lo que sigue no incluye fórico expreso, es que éste no es necesario para precisar la relación (que es lo que normalmente ocurre si el sujeto lo es también de la oración-predicado). [Este concepto gramatical confiere al fórico un papel de algo así como lo más próximo que hay en árabe a la cópula de una oración nominal con verbo cópula en griego, y al respecto es instructivo el que la recepción árabe del corpus aristotelicum, a la hora de dar correspondencia a términos aristotélicos relacionados con el verbo cópula, derivó artificialmente a partir del pronombre empleado para esta función de fórico]. Ejemplos en las Soledades de la construcción a propósito de la cual hemos dicho esto son I.42-45, I.212-216.// Otra construcción frecuente en las Soledades y que documenta igualmente el carácter intrasintáctico de ciertos rasgos poéticamente relevantes puede describirse así: construcción en la que, sea cual sea su número de palabras, hay dos términos en relación sujeto-predicado, construcción, en este sentido, autónoma, que, por lo tanto, no está referida en particular a miembro alguno de la oración envolvente, para la cual en su conjunto, en cambio, la construcción que describimos desempeña el papel de adjunto; así, pues, tanto por su carácter internamente sujeto-predicativo como por su relación con la oración envolvente, la construcción es próxima al “ablativo absoluto” latino, si bien, obviamente, no vale aquí la categoría de caso. En I.3-4 (¡Atención!, I.4 dice todo, no “todos” como desgraciadísimamente imprimen algunas ediciones) lo que hay son dos constructos de este tipo vinculados por y; el hecho de que suelan escribirse entre paréntesis expresa (de manera quizá algo trivializante, pero correcta) la diferencia de estatuto sintáctico frente a lo que hay en I.5, que es aposición a un miembro determinado de la oración inmediatamente envolvente.// La construcción que acabamos de describir puede en la posición de sujeto de la relación sujeto-predicativa que la constituye llevar un pronombre relativo; así en I.11, donde que es sujeto solamente para condolido; el sujeto en lo que sigue es el mísero gemido (I.13), y el predicado nominal es segundo de Arïón dulce instrumento (I.14); las (dos) oraciones que tienen en común estos últimos sujeto y predicado nominal comportan además junto al (repetido) verbo copulativo unos (respectivamente) a las ondas y al viento (I.12); una cosa es que para entender estos miembros pueda uno apoyarse en usos del verbo copulativo con dativo en latín (o griego) y otra bien distinta sería que se tratase de un “latinismo sintáctico”. Obsérvese, por otra parte, que lo que acabamos de decir a propósito de I.11-14 implica que no estamos de acuerdo ni con quienes toman el que como conjunción consecutiva ni tampoco con quienes ven ahí un “anacoluto”, concepto, este último, al que no le vemos aplicabilidad ni en esos versos ni en lugar otro alguno de las Soledades; éstas son un texto que reclama buscar siempre una total coherencia sintáctica, aunque nunca en los términos que resultarían más obvios.// Para el llamado “acusativo griego” se suele emplear, como el nombre indica, una explicación similar a alguna a la que acabamos de aludir, con aun menos alcance sostenible, pues, si para el “dativo” citado quizá quepa definir dentro del castellano una categoría de caso aplicable de manera que en efecto haya ahí un “dativo”, no hay en cambio tal posibilidad para las secuencias analizadas como “acusativo griego” (ejemplos en I.242, I.992, II.749, II.904).// La tendencia general de lo que hemos dicho es que los fenómenos de uso de la sintaxis mencionados no son algo que en el sentido de figuras o “licencias” se añada o superponga, por mor de lo “poético”, a la sintaxis “normal”. Lo que sí cabe constatar es que ese conjunto de fenómenos deja ver una cierta consistente tendencia en lo que se refiere a las opciones de uso. Hemos visto que ya el hipérbaton, tal como aquí lo interpretamos, implica dar carácter de miembros a sintagmas que en una prosificación aparecen como complementos de núcleos dentro de un miembro. Igualmente los llamados “dativos” citados son miembros, mientras que una prosificación da lugar a un complemento dentro de un grupo nominal, por ejemplo con “de” (el hecho de que para I.12 esto sea de difícil ejecución se debe a que lo que habría de ser núcleo es ya bastante complejo, incluyendo complementos con “de”). Por su parte, los llamados “acusativos griegos” difieren de otras construcciones posibles en que cada uno de ellos es en sí mismo un miembro, no un complemento dentro de un miembro. En cuanto a los absolutos sujeto-predicativos con papel de adjuntos, la propia descripción que hemos hecho del fenómeno garantiza la independencia de los mismos con respecto a cualquier miembro de la oración envolvente.// Hay, pues, una tendencia común a la que responden los diversos fenómenos de uso de la sintaxis a los que nos hemos referido. Para aclarar o ilustrar esa tendencia común, quizá sí se pueda apelar a cosas observadas en otras lenguas, lo cual entonces será (de nuevo) algo bien distinto de postular imitaciones de la sintaxis de una lengua en el uso de otra. Aquí sí podría tener sentido recordar la mayor tendencia del griego (clásico y arcaico) a relacionar entre sí miembros en vez de constituir relaciones núcleo-complemento dentro de cada miembro, tendencia que lleva a que algunos tipos de habla (por ejemplo la prosa ática) desarrollen un procedimiento para hacer notar expresamente que la relación es núcleo-complemento, ya que no es esta la relación que básicamente se espera.// Alguna vez habrá que desarrollar la cuestión de qué tiene que ver lo hasta aquí expuesto con algo que ya no es el uso de la sintaxis, sino la métrica (la de las Soledades precisamente). A veces el verso más próximo que rima con uno dado se encuentra bastante lejos (ejemplo: el primer verso que rima con I.1 es I.8), pero siempre hay rima, no hay ni un solo verso suelto; a la vez, salvo en cantos muy particulares y que se ponen en boca de alguien, se evita rigurosamente la constitución de estrofas, esto es, se evita que una fórmula métrica se repita. Hay, pues, estricta continuidad a lo largo de todo el poema (los espacios entre líneas que se ven en algunas ediciones confunden). Ahora bien, lo más importante que hay en esta continuidad es la continuidad de la ruptura, el apartamiento constante frente a cualquier reposar en algo ya fijado, o, dicho de otra manera, el que el poema sólo se puede leer o decir aprendiendo penosamente y de nuevo en cada momento a leerlo y a decirlo. Nunca hay una configuración métrica que se fije y se repita, como tampoco la sintaxis es en momento alguno la previsible y obvia (siempre se rompe-con, e -insistimos- ello en la sintaxis misma, no superponiéndole otro elemento, específicamente poético).// Las Soledades son un poema que busca ser difícil, en el sentido de que no se permite en momento alguno reposar en lo obvio; nunca lo que sigue a una palabra será, ni siquiera en el terreno puramente sintáctico, lo que “cualquiera esperaría”. Es, pues, imposible “leer de corrido”, y hay que haber trabajado minuciosamente el texto para que sea razonable emprender lo que, sin embargo, es ciertamente el objetivo, a saber, leerlo bien en voz alta; esto último, aunque sea (insistimos) lo que hay que llegar a hacer, se hace siempre con serio riesgo de tropiezo y caída. // Adición octubre 2011.- Desde el punto de vista de su aparición en castellano, la primera de las construcciones a propósito de las cuales hemos hecho una alusión a lenguas semitas puede considerarse como un caso particular de la segunda, siendo en tal caso en castellano el relativo efectivamente un pronombre, el cual desempeñaría el papel del grupo nominal antepuesto como sujeto. Interpretado así, el relativo sería ya tal en el sentido que hemos llamado helenístico-romano, si bien introduciendo una construcción que no pertenece a este patrón. // Otra adición.- Aun cuando diésemos por admitida la denominación “acusativo griego”, seguiríamos sin ver motivo para aplicarla a las secuencias con los participios “vestido” y “calzado” acompañados de un complemento que es normal con los verbos “vestir” y “calzar”; se trata simplemente de que el participio funciona como forma verbal y lleva el correspondiente complemento (es verdad que algunos tratados de sintaxis griega mencionan fenómenos de este tipo entre aquellos que se consideran implicados en la génesis de la construcción griega aludida en el nombre “acusativo griego”, pero esto no tiene nada que ver con lo que ahora discutimos, lo cual se relaciona con imitación o influencia de la construcción griega tal como ésta finalmente es, no con génesis de ella). // Este es el punto en el que quizá resulte aclaratorio recordar que en las ya citadas construcciones sujeto-predicativas absolutas con carácter de adjunto, cuando el predicado es un participio, puede haber algo parecido a dos sujetos, correspondientes el uno a la forma pasiva del participio y el otro al significado activo. // Dicho todo esto, tengo serias dudas de que sirva para algo más que para confundir el seguir llamando a algo “acusativo griego”; los casos más aproblemáticamente citados como tales (es decir: los que no caen bajo una u otra de las explicaciones que hemos aportado y otras que pudieran añadirse) serían paréntesis epexegéticos.
Vamos ahora a Renacimiento y humanismo. Todo lo paradójicamente que se quiera, la gramática humanística se basa en el acertado reconocimiento de que el latín es ya entonces una lengua de corpus; y, todo lo paradójicamente que se quiera, la gramática humanística reconoce esto precisamente en contra de la gramática escolástica, que trataba el latín como si éste fuese una competencia lingüística operante (o, lo que es una variante de lo mismo, como si no hubiese en absoluto cuestión de competencia lingüística determinada, sino únicamente la facultad de hablar en general). Con esto, la gramática humanística pone implícitamente en el centro la cuestión que dos bloques más atrás en esta misma página nos llevó a la noción que allí designamos con el término “estructura” y a propósito de la cual nos referimos a lo “fenomenológico” y “eidético”. En general, la gramática humanística no incorpora a su propio proyecto el reconocimiento de esta implicación, y por eso asume que el movimiento de ida y vuelta (desde el hecho -habla- se pone de manifiesto una estructura, la cual es lo que gobierna o “se realiza en” el habla) requiere en principio punto de partida y punto de llegada materialmente distintos (respectivamente: el corpus latino de la buena época y el quizá posible buen uso del latín, del que tanto se espera); de aquí el que un humanista que no sea Nebrija difícilmente pueda aceptar la idea de una gramática para una lengua que se define e identifica precisamente por el hecho de ser no otra que aquella que se está hablando; véase a este respecto la agresividad que contra Nebrija manifiesta Juan de Valdés en el Diálogo de la lengua, véase incluso el general desconocimiento de la Gramática de Nebrija en su tiempo (pese a ser obra de alguien muy conocido). Y, sin embargo, Nebrija no sólo es uno de los principales representantes del proyecto humanista en general y del inherente concepto de gramática en particular, sino que además la aparente diferencia en el punto que citamos se debe sólo a que tiene una comprensión más radical (menos trivial) de la cuestión (la substancia del proyecto humanístico en el aspecto gramática no excluye que el punto de partida y el de llegada sean materialmente el mismo). Para documentar que la cuestión es esta, habría que comentar en detalle el trabajo gramatical que hay en la Gramática de Nebrija, cada una de sus opciones de análisis y conceptuación sobre fenómenos concretos de la lengua; no vale quedarse en afirmaciones generales.